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Entre nubes de colores

Por:

JENNYFFER CLAVIJO MERCHÁN

@jennifer.clavijo.311

Hay un recorrido que hago con frecuencia en Villavicencio. Es, simplemente, el camino de regreso a casa. Durante mucho tiempo fue eso; un trayecto conocido, repetido, casi automático. Uno de esos recorridos en los que la cabeza va en otra parte y el paisaje termina convirtiéndose en fondo. Pasamos tantas veces por los mismos lugares que dejamos de preguntarnos qué ocurre en ellos.

Quizás eso también nos pasa cuando trabajamos con el territorio. Lo recorremos, lo medimos, lo fotografiamos, lo dibujamos. Aprendemos a identificar sus estructuras, sus límites, sus usos y sus conflictos. Construimos categorías que nos ayudan a entenderlo y herramientas que nos permiten representarlo.

Hasta que algo nos obliga a mirar de nuevo. En mi caso fueron las aves.

En ese recorrido cotidiano está el Humedal Calatrava, en medio de un paisaje que ha ido cambiando con el crecimiento de la ciudad y los nuevos proyectos urbanos. Al acercarme a ese lugar, entre las construcciones y la vegetación, comenzaron a aparecer sonidos que seguramente habían estado allí desde siempre, pero que yo todavía no sabía identificar. A veces era apenas un canto; otras veces, un movimiento rápido entre las ramas o una pequeña mancha de color que cruzaba el camino y desaparecía antes de que pudiera verla con claridad. Entonces empecé a detenerme.

Parador La Cima. Vereda El Carmen. Villavicencio. 2025

Al principio fue por curiosidad. Después apareció esa necesidad tan propia de quien investiga, querer saber un poco más sobre lo que está viendo. ¿Qué ave es? ¿Dónde aparece? ¿Qué hace? ¿Qué relación puede tener con ese lugar? Poco a poco comencé a identificar algunas por sus colores y sus formas, pero sobre todo por sus sonidos.

De manera irremediable, eso terminó de cambiar mi manera de caminar. Un recorrido que antes hacía casi sin pensar comenzó a llenarse de pequeñas pausas, mirar hacia arriba, buscar entre los árboles, escuchar y esperar. Algunas veces conseguía una fotografía. Otras, solamente un sonido. En ocasiones ni siquiera lograba ver el ave, pero sabía que estaba allí. Empecé entonces a guardar esos encuentros.

De esa necesidad nació el Pajarómetro, un pequeño archivo que voy construyendo con mis propios registros. No nació como un proyecto demasiado planeado, sino, por el contrario, como una bitácora viva que me permite no dejar escapar estas apariciones tan fugaces en un camino tan cotidiano.

Un árbol dejó de ser solamente un elemento. Un fragmento de vegetación dejó de ser simplemente «verde» y el borde entre la ciudad y el humedal no fue solo un espacio intermedio sin mayor importancia. Empecé a preguntarme qué ocurría allí cuando yo no estaba mirando. ¿Quién pasa por ese lugar? ¿Quién encuentra alimento? ¿Quién se refugia y quién utiliza esos árboles como parte de un recorrido que probablemente nunca había considerado en mis propios mapas?

Como arquitecta y docente, estoy acostumbrada a pedirles a otros que observen. A mis estudiantes les reitero constantemente la importancia de leer el contexto, el territorio y las relaciones, de cómo un proyecto no debería aparecer simplemente sobre un lugar, sino surgir de su comprensión. Y, sin embargo, las aves me hicieron ver una pregunta incómoda. ¿Cuánto de ese territorio estamos realmente viendo?

En arquitectura tenemos muchas herramientas para responder. Hacemos levantamientos, mapas, diagnósticos e inventarios. Medimos, clasificamos y delimitamos. Todo eso es necesario, pero hay cosas que se escapan.

Un canto también habla de un lugar. Una ruta de vuelo puede revelar una conexión que no aparece dibujada en un plano. Incluso la presencia o ausencia de una especie puede decirnos algo sobre las condiciones de un sitio.

Campamento de anillamiento, Amposta, España. 2025.

Las aves no conocen nuestras categorías. No saben qué es un área de protección, una estructura ecológica o un límite predial. Ellas leen otras cosas, dónde hay agua, dónde pueden alimentarse, dónde encuentran refugio, qué recorridos pueden atravesar y dónde existe el peligro. Leen el territorio desde la posibilidad de habitarlo.

Y ahí apareció una inquietud que va más allá de observar aves. ¿Qué pasaría si pudiéramos incorporar otras formas de leer el territorio antes de intervenirlo?

No se trata de abandonar nuestras herramientas. Tal vez se trata de sumar otras.

Creo que antes de pensar cómo diseñamos para otras especies necesitamos, primero, detenernos a notar que están ahí. Mirar un poco más fino, escuchar antes de nombrar y observar antes de clasificar.

No tengo fotografías de todo lo que he visto y tampoco registros perfectos. Algunas veces solo tengo un sonido, una fecha o la memoria de haber encontrado un ave en determinado lugar. Y está bien. Porque quizás investigar también es aprender a darle lugar a aquello que todavía no sabemos cómo representar.

El Pajarómetro se ha convertido para mí en una forma de guardar esos pequeños encuentros. Una manera de decir, aquí estaba. Y cada registro abre una pregunta nueva sobre el lugar. ¿Qué otras cosas están ocurriendo aquí que todavía no sé reconocer?

Hay días en los que, al regresar a casa, varias aves levantan vuelo al mismo tiempo. Durante unos segundos sus colores se mezclan, sus movimientos se cruzan y dejan de parecer individuos separados. Desde abajo parecen una pequeña nube que atraviesa el cielo y después desaparece. Una nube de colores. Quizás por eso me gusta pensar en ellas así. Porque aparecen en medio de lo cotidiano y, durante unos segundos, hacen que uno mire hacia arriba.

El recorrido sigue siendo el mismo. La ciudad sigue estando allí. Los edificios, las calles, las normas, los planos y las construcciones no han desaparecido. Lo que cambió fue mi manera de mirar. Ahora sé que ese camino tiene otros cohabitantes. Que debajo de nuestra ciudad visible existe otra que se mueve, canta, descansa, busca alimento y encuentra refugio. Esta es, a mi parecer, una de las cosas que las aves terminaron enseñándome sobre el territorio, no todo lo que lo construye es visible.

Hay una ciudad que vemos; otra se mueve entre los árboles, sobrevuela los humedales y deja rastros que muchas veces no sabemos leer. Las pequeñas nubes de colores siempre estuvieron ahí. Ahora sé que, cuando las miro pasar, también soy partícipe de la ciudad de lo invisible.

JENNYFFER CLAVIJO MERCHÁN

Jennyffer es arquitecta y magíster en Hábitat, docente e investigadora radicada en Villavicencio. Se interesa por las relaciones entre hábitat, territorio, imaginarios colectivos, participación comunitaria y biodiversidad. Su investigación está relacionada con vivienda social, transformación del hábitat, educación territorial, arquitectura para la conservación ambiental y aviturismo.

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