Quiero empezar pidiéndoles algo muy simple. Por un momento, imaginen un círculo; no un círculo cualquiera, un círculo vivo. En el centro hay dos personas moviéndose; no se están golpeando, se están escuchando. Sus cuerpos se acercan, se alejan, se esquivan y responden. Alrededor hay otras personas que cantan, tocan instrumentos y observan con atención. No hay paredes, pero hay límites. No hay reglas escritas, pero todos saben cómo comportarse. Ese círculo es una roda de capoeira, y fue ahí donde entendí algo que cambió profundamente mi forma de percibir la arquitectura. El espacio no solo se habita; el espacio también enseña.
Soy arquitecta, docente e investigadora, pero también soy capoeirista desde hace veintitrés años, y durante mucho tiempo viví esas dos cosas como si fueran mundos separados. En la arquitectura me enseñaron a dibujar, a proyectar y a calcular con unas lógicas muy claras de medidas, normas, estructuras y materiales. Por el contrario, en la capoeira todo era cuerpo, intuición, ritmo y relación con otros; era aprender sin un tablero, sin fórmulas y sin planos. Sin embargo, un día entendí que ambos mundos hablaban de lo mismo, del espacio y de cómo lo habitamos.
En la enseñanza tradicional de la arquitectura, muchas veces nos enfocamos en lo visible o en lo que se puede medir, dibujar y representar. Usualmente nos preguntamos cómo se ve el espacio, cómo funciona y cómo se construye, pero nos preguntamos muy poco cómo se vive y cómo afecta la forma en la que nos relacionamos con otros. Eso es clave, porque los espacios no son neutros.
Un aula puede invitar al diálogo o imponer silencio; un espacio público puede generar encuentro o exclusión, y un diseño puede acercar a las personas o separarlas. Esto pone en evidencia que, sin darnos cuenta, la arquitectura también está educando.
En la capoeira, el aprendizaje ocurre de una forma completamente distinta, pues no se empieza por la teoría, se empieza por el cuerpo. Uno aprende observando, escuchando, sintiendo el ritmo y, sobre todo, interactuando con otros. En la roda, por medio de la experimentación, uno aprende a medir la distancia, a leer el movimiento del otro y a responder sin agredir. Algo que marcó mi camino como investigadora es que el cuerpo ejecuta, pero también piensa, interpreta y aprende; por ende, el espacio donde el cuerpo se mueve también es parte del aprendizaje.

Cuando empecé a mirar la roda con ojos de arquitecta, descubrí con fascinación que esta tiene una estructura espacial muy clara en la que hay un centro, donde ocurre el juego; un borde, que delimita y protege el espacio; un ritmo, que organiza los tiempos, y una circulación constante de personas que entran y salen. Lo más interesante de todo esto es que esa arquitectura no está dibujada ni construida con materiales; más bien está conformada de relaciones que la convierten en una arquitectura viva, que cambia, se adapta y se construye colectivamente.
En mi investigación doctoral trabajé la capoeira como una práctica pedagógica y también como un espacio donde aparecen tensiones, conflictos e incluso violencias. Esto me llevó a descubrir que la forma en la que se organiza el espacio puede transformar esas dinámicas. En la capoeira, el movimiento puede ser fuerte, rápido e incluso riesgoso, pero el objetivo no es destruir al otro; por el contrario, es dialogar con el cuerpo, aprender a regular la fuerza y entender que el otro no es un enemigo, sino parte del aprendizaje. Eso es profundamente pedagógico y revela una forma de educación que no se basa en la imposición, sino en la relación.
Para mí, como mujer, esto también tiene un significado muy importante, porque tanto la arquitectura como la capoeira han sido espacios históricamente marcados por jerarquías fuertes. Poder habitar esos espacios desde el cuerpo, el diálogo y la construcción colectiva también es una forma de transformación y de abrir otras maneras de estar, enseñar y, por supuesto, construir conocimiento.
Hoy creo que la arquitectura tiene un reto muy grande, y es dejar de pensar el espacio solo como forma y empezar a pensarlo como experiencia, relación y aprendizaje
Porque al final no recordamos los espacios solo por cómo se ven, sino por cómo nos hicieron sentir y por cómo nos permiten relacionarnos con otros. La capoeira me enseñó que el espacio puede ser un lugar de confrontación o un lugar de encuentro, y esa decisión también es arquitectónica.

DANNA ÁNGEL RUBIANO
Danna es arquitecta, magíster en Arquitectura de la Vivienda y doctora en Ciencias de la Educación. Actualmente es docente de tiempo completo en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y cofundadora del grupo Gaia Capoeira.