Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán en 1519, se encontró con una ciudad rodeada de agua, un paisaje lacustre de un islote en medio de 5 lagos. El mapa de Upsala, imaginario visual de Tenochtitlán en 1521, documenta el cotidiano en una ciudad con esas características, barcas, remos, canales, la vida en la ribera de los lagos y el agua como común denominador. El agua como cotidiano.

500 años después, ese cotidiano sostenido en el agua sólo yace en la memoria colectiva de quienes habitan el paisaje de las chinampas, de los canales que no se extinguieron con la promesa de desarrollo y modernidad. En diversas conversaciones en clase hemos reflexionado sobre en quién recae la responsabilidad de cuidar el agua de los canales de Xochimilco hoy en día, la respuesta más común es: “De quienes están allí”. El agua, como bien colectivo, es responsabilidad de una comunidad que casi nadie nombra.
En el fondo, es una constante en muchos paisajes, el territorio campesino, comunidades indígenas, territorios ejidales, etc. Recursos de consumo colectivo, responsabilidad de quienes labran con saberes ancestrales para el bien común.
Xochimilco es conocido por sus canales turísticos, las trajineras y los retablos de colores que traen la alegría de un cotidiano lleno de flores y vida.
Sin embargo, ese porcentaje de paisaje chinampero retratado en fotografías turísticas es solo una pequeña parte de un entramado mucho más complejo de relaciones sociales, ambientales y ecosistémicas. Según la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Local, en 2018, unas 20.000 chinampas produjeron cerca de 19.000 toneladas alimentos, entre hortalizas, verduras y plantas comestibles, así como plantas ornamentales y florales.

Además de ser Patrimonio de la Humanidad desde 1987, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoció las chinampas como un Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), un modelo de agricultura sostenible que diversos investigadores han intetado recrear en humedales y zonas suburbanas en Estados Unidos, Colombia, Brasil, Ecuador, Francia y Paises Bajos. Una de las razones por las cuales no ha sido completamente exitoso el proceso en otros territorios es el Ahuejote, un árbol nativo que sostiene con sus raíces la tierra y se ancla al fondo del lago, es una especie de colindancia natural que permite que el sistema de canales se mantenga estable. Sumado a ello, el ecosistema es extremadamente fértil y los nutrientes presentes en el fango del fondo del lago son transferidos gracias a la acción de microorganismos específicos.
El paisaje entonces, existe y se complementa con relaciones increíblemente fluidas, pero contiene, a su vez, seres humanos que leen esas señales en su territorio y cuidan que esas relaciones y esa red se mantengan en el tiempo. Es una simbiosis con un equilibrio tan complejo y a la vez estable, que no se puede replicar.
Y aun así, con todo este contexto, cuando dialogamos con las personas que habitamos la Ciudad de México, muchas y muchos no conocen las chinampas más allá del turismo, o nunca se han preguntado su responsabilidad con un recurso que es un bien común. La relación con el agua en el contexto urbano se limita a los pocos cuerpos de agua existentes, al consumo diario, a una instalación hidráulica que permite que fluya el agua, o a romantizar las memorias de paisajes que alguna vez hicieron parte de un carrete, pero no llegan a hacer parte del cotidiano.



Es tristísimo que una ciudad que se fundó entre cinco lagos no nombre lo suficiente a quienes cuidan los canales, su equilibrio ecosistémico o los saberes heredados de lenguajes ancestrales en un paisaje único en el planeta. Este relato fotográfico narra el cotidiano de esas chinampas que sostienen parte de la vida de una ciudad cada vez más grande y cada vez menos relacionada con el agua.




Agradecimientos a Don Genovevo Pérez por invitarnos a caminar por el territorio de San Luis Tlaxialtemalco y compartir la sabiduría y el amor por las chinampas y el agua que fluye en el subsuelo de la Ciudad de México.

GERALDINE RODRÍGUEZ CÁRDENAS
Geraldine es arquitecta, docente y académica de la Facultad de Arquitectura de UNAM. Su investigación se enfoca en la praxis social, en resignificar el ejercicio de la arquitectura en línea con procesos sociales, territoriales y con las diversas maneras de habitar. Su práctica pedagógica apuesta por lo colectivo, la creatividad, la reflexión y el diálogo. Le gusta curiosear, hablar de lo cotidiano y hacerse muchas preguntas.