El Ministerio de Educación anunció una revisión de los textos escolares del país por la llamada “ideología de género”. En las veredas donde el Estado llega pocas veces, la escuela es el único edificio sólido y el único lugar de reunión. Llevo años midiendo escuelas rurales en un municipio de Cundinamarca: en ninguna hay un material del lugar, y sobra espacio porque faltan niños.
“Restaurar principios y valores, sacar la ideologización del país y respetar el derecho de los padres”. Con estas palabras, el 21 de agosto de 2026, la ministra de Educación Viviane Morales anunció una revisión de los textos escolares, las guías de aprendizaje y los planes de enseñanza de todas las instituciones oficiales del país. Venía de una reunión con el Partido Conservador y habló de una “campaña woke” que “ha metido una cantidad de sutiles movimientos para apoderarse de la enseñanza”.
Mientras la ministra habla de ideología de género, la infraestructura escolar rural sigue deteriorándose. A esas escuelas se llega por vías que se degradan a medida que uno se aleja del casco urbano, y en algunas no se hace una intervención preventiva ni un mejoramiento desde hace más de veinte años.

Llevo años trabajando filantrópicamente con estas escuelas y he medido varias de ellas con una guía propia de más de sesenta indicadores —área, confort térmico, seguridad, materialidad, paisaje, servicios públicos— con la idea de dejar de hablar de las condiciones de la infraestructura escolar rural desde la percepción y empezar a demostrarlo con números. De esas mediciones comparto tres resultados:
1
El indicador mejor puntuado en todo el estudio fue el área disponible por alumno; sobra espacio, tanto en el predio como en el edificio construido, y esto sucede porque faltan niños. Los procesos de retorno de la población desplazada por el conflicto son recientes y las veredas todavía no se han vuelto a poblar. Esto señala despoblamiento, desplazamiento y bajo retorno.
Muestra de área de la red de escuelas rurales de La Palma, Cundinamarca.
2
Aunque puede resultar engañoso, otra cualidad bien valorada en prácticamente todas las escuelas fue la estructura. Esto habla, en buena medida, de la calidad de las construcciones realizadas décadas atrás por el ICCE —el Instituto Colombiano de Construcciones Escolares— y el Comité de Cafeteros de Cundinamarca. Sin embargo, al haber atravesado periodos prolongados de conflicto armado, incluida la ocupación por parte de hombres armados, muchos de los edificios presentan deterioro, especialmente en las instalaciones y la materialidad de los edificios.
Muestra de construcción de la red de escuelas rurales de La Palma, Cundinamarca.
3
En casi todas las veredas el edificio escolar sobresale entre los demás por su forma, imagen o color. Es un hito pero conviene entender por qué lo es. Lo es porque es uno de los pocos espacios que quedaron en pie después del conflicto, y porque en él la comunidad hace todo lo que ya no tiene dónde hacer. La escuela rural se volvió el centro por excelencia, no por su diseño, sino por todo lo que se fue.
Muestra de identidad de la red de escuelas rurales de La Palma, Cundinamarca.
Conversé con una profesora que lleva veinte años trabajando en una escuela. Durante ese tiempo, la transformación más grande que ha visto por parte del Estado fue la llegada de unos computadores a un territorio sin conectividad. Para poder enseñar algo con esos equipos, ella descarga los contenidos en su casa la noche anterior, graba videos por adelantado y lleva sus propias herramientas tecnológicas. Además me contó que en la escuela tienen dificultades para acceder a servicios básicos; acueducto y energía.

Eso tampoco es excepcional; según el informe de educación rural del Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana, con datos del DANE de 2022, solo el 40 % de los colegios rurales del país tiene agua potable constante, casi el 70 % no tiene internet y cerca de la mitad no cuenta con ningún profesional psicosocial a quien un niño pueda acudir si le está pasando algo.
Es cierto que la política curricular, la pedagogía y el presupuesto de infraestructura son cosas distintas, que no salen de la misma bolsa ni las decide la misma entidad. Es verdad; pero no estoy hablando de dinero, estoy hablando de atención. Discutir qué se enseña en las instituciones oficiales supone que existe una institución donde enseñarlo: con agua, con luz y en condiciones para permanecer ahí y tener procesos educativos óptimos. En buena parte del campo colombiano ese supuesto no se cumple, y esa es la parte de la discusión que nadie está dando.
Por último, una pregunta luego de años recorriendo escuelas:
¿se puede revisar lo que se enseña sin revisar dónde se enseña?

ESTEBAN QUIÑONES-BUSTOS
Esteban es arquitecto y profesor de la Universidad Santo Tomás. Ha sido reconocido en la SCA, Archiprix International y ONU Hábitat por su trabajo en torno a la construcción de paz, el trabajo con comunidades y el territorio. Sus temas recurrentes de investigación son la arquitectura, la educación y el territorio.