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El convite de la enramada. Aprender a construir entre todos.

Por:

CARLOS VILLALOBOS CAMARGO

@arquicharly

Una de mis primeras relaciones con la arquitectura fue de niño, con mi papá, haciendo una enramada en su lote del campo. Él, un momposino que llegó a Bogotá en busca de oportunidades y para estudiar Historia, disfrutaba mucho el campo; por eso, tan pronto como le fue posible, compró junto con mi mamá un pequeño lote en el Tolima. Hasta allá era relativamente fácil viajar al menos una vez al mes desde Bogotá y, además, en ese pueblo vivía un hermano de mi papá que motivó el plan. Ella, una bogotana hija de dos profesores, también disfruta mucho el campo, entre otras cosas porque mi abuelo «Tuíno» tenía un lotecito en Pacho, Cundinamarca, que fue siempre su lugar feliz.

Vida en la vereda. 2006

Un fin de semana viajé solo con mi papá con el objetivo de construir la enramada. En ese lugar, llamado vereda Barroso, del municipio de El Guamo, era costumbre que, cuando algún vecino decidía construir su enramada o incluso su casa, el resto de la comunidad contribuía con la mano de obra, de tal forma que el interesado proveía los materiales y las bebidas para la jornada.

Ahora que veo en retrospectiva esa práctica comunitaria, siento mucha nostalgia y admiración.

La casa de Tomás. 2006

La actividad comenzó muy temprano, con la llegada de los materiales que habían sido encargados con anterioridad, básicamente guadua, alambre y paja. Acto seguido, se dio inicio a la obra. El vecino de enfrente, Isidro, era un tolimense entrado en años, un viejo sabio para todas las actividades del campo. Vivía en su casa de bahareque, en un lote considerablemente más pequeño que los de todos los demás vecinos, pero que para mí era un oasis impresionante. En un espacio de menos de media fanegada, lograba producir todo tipo de frutas, maíz y yuca, y criar pollos y vacas, para sacar adelante a sus cuatro hijos únicamente con lo que su propio terreno le daba. Claramente, era él quien lideraba la construcción de la enramada, indicando a cada uno qué hacer y dando ejemplo con el trabajo más duro.

La enramada. 2006

El siguiente recuerdo que tengo de ese día es hacia las cinco de la tarde, hora en la que a ese lugar llegaba una nube de mosquitos y jejenes que nos picaban a todos, pero en especial a mí, que terminé lleno de piquetes enormes por todo el cuerpo. Llegó a tal punto que, antes de terminar la obra, mi papá le pidió a mi tío Ramiro que me llevara a su casa en el pueblo. Aunque todavía faltaba un par de horas de trabajo, mi urticaria ya era preocupante; tenía fiebre y ronchas por todos lados.

Mi tío andaba en una moto pequeña, la clásica Suzuki 80 que fue muy popular en los pueblos de Colombia en esa época, así que arrancamos. Había dos rutas para volver del lote al pueblo donde él vivía con sus tres hijos y la señora Elvirita, su esposa, quien solía consentirnos con todo tipo de manjares tolimenses en cantidades navegables. La ruta normal era por dentro de la vereda, por un camino destapado, muy tranquilo aunque con ciertas curvas y notablemente más lento; aun así lo preferíamos la mayoría de las veces. La segunda opción era salir a la autopista principal que conecta El Guamo con el Huila, una alternativa que nos parecía más peligrosa y aburrida, pero que en esa ocasión elegimos por la necesidad de llevarme rápido al pueblo para darme al menos un baño y aplicarme algún menjurje que me calmara la picazón.

Camino a la finca. 2006

Ya nos acercábamos al casco urbano cuando mi tío me gritó «¡agárrate!». En esa época se andaba en moto generalmente sin casco, y el viento no dejaba conversar. Al mirar hacia atrás vi que se acercaba una tractomula, y mi tío, que no quería que nos alcanzara porque si nos adelantaba podía ser peligroso, decidió acelerar a lo que para mí eran más de 100 km/h, aunque en realidad no creo que esa moto lograra siquiera los 70. Tal vez era una maniobra normal y sin mayor peligro, pero para mí, un niño que nunca andaba en moto y que venía de Bogotá, en ese momento fue algo aterrador y emocionante a la vez.

Han pasado casi tres décadas desde ese día. Después vinieron la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo, los talleres de Ruta 4, Taller de Tierra y Fundación Promedio, y además todo lo que he aprendido de amigos y estudiantes. Experiencias que fueron poniendo nombre a las cosas que vi ese día, como trabajar con las manos y los materiales del lugar, y aprender de quienes conocen el territorio. Tal vez por eso, ahora, cuando pienso en la arquitectura que hago, mi mente vuelve a esa enramada, que honestamente no recuerdo bien cómo quedó terminada. Lo que sí recuerdo es la guadua, la paja y un combo trabajando en ese calor infernal del mediodía mientras Isidro dirigía el trabajo.

CARLOS VILLALOBOS CAMARGO

Carlos nació en Bogotá en 1981. Es arquitecto, urbanista y profesor universitario. Ha transitado entre proyectos de arquitectura, espacio público y academia. Es magíster en urbanismo y estudió el oficio de la madera en la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo. Sus reflexiones recurrentes giran en torno a los materiales, el trabajo artesanal, las técnicas ancestrales, las comunidades y su relación con el territorio. Disfruta mucho del triatlón, la fotografía, la música, el arte callejero y los viajes.

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