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Mirar al oriente sin saber qué hay arriba. 

Reflexiones sobre los cerros orientales, de norte a sur

Por:

KATHERIN TRIANA URREGO

@Khatherin

Y ahora que no vives en Bogotá, ¿Qué es lo que más extrañas? 

Vista panorámica hacia Bogotá y los Cerros mirando hacia el norte desde el barrio Bosques de Bellavista. 2015

En una de las conversaciones con mis compañeros de maestría aquí en Suecia, me hicieron esta pregunta. Además de mi familia y la comida, lo primero que se me vino a la mente, y que no he podido encontrar algo similar en tres años recorriendo los paisajes escandinavos, fueron los cerros orientales. 

Los cerros hacen parte de un sistema montañoso que atraviesa toda Latinoamérica y en la oficialidad pertenecen a un sistema de áreas protegidas expuesta en un mapa ambiental. Para mí constituyen uno de los territorios de borde más importantes de la ciudad; esas franjas socioterritoriales vivas donde la ciudad y el campo se encuentran, chocan y se transforman, siendo ocupadas y utilizadas de distintas maneras a través del tiempo. El cerro es un paisaje complejo construido desde las prácticas y la memoria comunitaria, donde la realidad social y el equilibrio ambiental deberían dialogar directamente con los modelos de planificación urbana. 

Entender los cerros nunca fue tarea fácil, pues muchos los ven como algo natural, pero dejan por fuera las dimensiones profundas como sus significados, luchas y resistencias; estamos acostumbrados a mirar al oriente, pero casi nadie sabe qué pasa realmente en la montaña. 
Procesión de Potosí hacia el Palo del Ahorcado en Viernes Santo. Habitantes de los cerros. Autor: Emilio Aparicio Rodríguez, 2015

De norte a sur, los cerros han resistido de todo, especialmente las inclemencias de la actividad informal. Y ojo, que por informal no me refiero al cliché del barrio pobre o el tugurio ilegal. Los ricos también son bien informales; construyen mansiones sin licencia en pleno cinturón de protección ambiental o explotan canteras para surtir de material a la ciudad. 

La diferencia es lo que pasa en los barrios populares. En el norte, en Bosques de Bellavista, ubicado en la vía a La Calera, (donde caminé durante mis días de tesis e investigación) la gente que llegó a habitar la montaña de forma ilegal terminó haciendo todo lo contrario a destruirla. Se identificaron tanto con el entorno, y es tal su apropiación territorial, que hoy buscan alternativas para cuidar y reforestar con especies nativas y buscar empleos que no dañen la reserva forestal (además de adelantar procesos de legalización urbana), demostrando que la comunidad entiende el territorio mucho mejor que cualquier modelo de desarrollo urbano.

Subida por vía terciaria hacia las canteras de la 82, barrio Bosques de Bellavista. 2015.

Si nos vamos al sur, a Ciudad Bolívar, aparece en el barrio Potosí el Palo del Ahorcado-Palo de la vida. Ubicado en medio de un territorio golpeado por las canteras y la amenaza constante de las constructoras, ese árbol se volvió un símbolo sagrado (un elemento profundamente configurador del paisaje, la comunidad y la ciudad), haciendo que la comunidad se apropiara de la montaña y el territorio alrededor del árbol, protegiéndolo a través de procesiones, cuidando el suelo y construyendo una memoria colectiva que le da sentido a todo el barrio y edificando un paisaje cultural vivo que conecta lo rural con lo urbano.

Gracias a su alto valor cultural y a ese sin fin de representaciones colectivas, el Palo del Ahorcado-Palo de la vida es uno de los tantos ejemplos que nos permiten entender las dinámicas que ocurren al interior de la montaña. 

En primer plano el Palo del Ahorcado – Palo de la Vida en procesión de Viacrucis, viernes Santo. Autor: Carlos Orlando Arias Romero, fotografías tomadas para Guía Nómada en abril del 2016. 

Los cerros orientales no son una simple postal verde o un límite pintado en un mapa oficial; son una masa viva que se sostiene por la fe, el trabajo comunitario y la resistencia de quienes los habitan. Mirar al oriente desde abajo es fácil, pero entender lo que pasa arriba exige desaprender la ciudad que nos enseñaron. 

Hoy, a miles de kilómetros de distancia, entiendo que extrañar la montaña no es solo extrañar el paisaje, es extrañar la manera tan humana, compleja e imperfecta con la que Bogotá aprende a tejerse con su territorio. Al final, lo que necesitamos son más conversaciones francas que reconozcan que el verdadero patrimonio de los cerros es la memoria viva de quienes los cuidan.

KATHERIN TRIANA URREGO

Katherin es arquitecta, investigadora del grupo Gistal de la Universidad Nacional y estudiante de maestría en Planificación urbana y regional estratégica en la Universidad de Linköping, Suecia. Sus publicaciones e investigaciones se centran en la ocupación informal y comunitaria del territorio, el patrimonio urbano del siglo XX, las dinámicas socioespaciales del hábitat y la historia de la arquitectura en América Latina.

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